TENTACIONES FOTOGRÁFICAS: ROBERT DOISNEAU

“Mi foto es la del mundo tal y como deseo que sea”  R. Doisneau

El deseo camina de la mano de su íntima amiga, la tentación, manteniendo el equilibrio sobre la delgada línea que separa el bien del mal y, que según los referentes por los que nos guiemos, acabarán por poner el pie en un lado u otro. Para nuestro bien Robert Doisneau se dejó arrastrar por el deseo de plasmar con su Rolleiflex una “realidad” marcada por la cotidianidad, la belleza y la humanidad que no siempre se correspondía con lo que tenía ante sus ojos.

Jean Settour, Bar de comidas en la Plaza de los Inocentes, París, 1972
Jean Settour, Bar de comidas en la Plaza de los Inocentes, París, 1972

Nacido en Gentilly en 1912 se encuentra en la lista de los principales fotógrafos del siglo XX, ocupando el puesto de  creador, junto con Cartier-Bresson y Willy Ronis, de la Escuela Humanista de Fotografía en los años 30. Este movimiento se centró en la captura de momentos de la vida de las personas, sin distracciones accesorias y con una estética extremadamente cuidada. Un fotoperiodismo teatral y muy subjetivo que llevó a Doisneau a aproximarse al Realismo Poético de las películas de René Clair o Jean Renoir, con los que participó como director de fotografía. Su vasta producción fotográfica, hasta 1994 que falleció, se encuentra en el Atelier Robert Doisneau en Montrouge, extrarradio de París, donde trabajaría toda su vida y donde hoy sus hijas exponen y gestionan sus obras.

Precisamente, son sus hijas las comisarias de la exposición que la Fundación Canal dedica al célebre fotógrafo, titulada Robert Doisneau: La Belleza de lo cotidiano, que podemos ver hasta el 8 de Enero de 2017 y que motiva este post. En la exposición se muestran algunas de las fotografías más, y otras menos, emblemáticas de las diferentes series que realizó por encargo, o no.

Pero iremos por orden:  Doisneau fue un fotógrafo autodidacta que alcanzó su madurez profesional de la forma más curiosa. A los 22 años de edad fue contratado por la empresa de coches Renault que acababa de construir una enorme fábrica a orillas del Sena a las afueras de París. Lejos de la frialdad que en un principio nos pueda transmitir esta idea, Doisneau supo captar la coreografía del mundo industrial, jugando con el ritmo, el grafismo geométrico y la composición de las enormes máquinas. La lucha del hombre contra el gigante industrial creado.

Sala de máquinas de la fábrica Renault en Billancourt, 1935.
Sala de máquinas de la fábrica Renault en Billancourt, 1935. Foto: Atelier Robert Doisneau

Sin embargo, poco a poco su objetivo se irá acercando más y más a los trabajadores de la fábrica hasta convertirse en los grandes protagonistas, aprendiendo la condición obrera y su dificultad. Retratos muy particulares valiéndose  del “fuera de campo” como recurso que le permite jugar con la realidad al mostrarnos solo una parte de ella, como es el caso de este forjador que parece preparado para lanzar su tiro maestro y ganar la partida de billar que no existe, sin embargo su aire triunfal nos transmite la seguridad y el control de aquél que sabe muy bien lo que hace.

Talleres de forja de la fábrica Renault. Obrero trabajando. 1935.
Talleres de forja de la fábrica Renault. Obrero trabajando. 1935.

También deja entrever una crítica al mundo deshumanizado de la sociedad de consumo que se fraguaba entre los grandes muros de aquellas fábricas y en los que los puestos de trabajos eran números. A pesar de ello, nunca tomó fotografías de las huelgas que se sucedieron en aquel periodo de entreguerras y en las que los trabajadores de la Renault fueron el epicentro. Los grandes acontecimientos no le interesaban.

Trabajadoras de la fábrica Renault, 1945. Foto: Atelier Robert Doisneau.
Trabajadoras de la fábrica Renault, 1945. Foto: Atelier Robert Doisneau.

Esta visión humanista del mundo pronto sería trasladada a la calle, nada fuera de lo normal si tenemos en cuenta el momento en el que nos encontramos. El desarrollo de la técnica ha calado hasta los huesos y las vanguardias proclaman lo bueno y lo malo del ambiente urbano. Un ambiente urbano y una ciudad, París, su eterno escenario. Por supuesto, no todos estarán de acuerdo, pero sé que llevo parte de razón en afirmar que si hay una ciudad fotogénica esa es París, presumida y elegante en una espléndida madurez que posa ante el objetivo clara y natural como la modelo experimentada que es.

El remolcador de los Campos de Marte, París, 1943.
El remolcador de los Campos de Marte, París, 1943.

Pero, París es vieja y parece ser que en los 60 sufría problemas de corazón.  El Mercado de Abastos de Les Halles bombeaba la sangre de la ciudad por unas arterias colapsadas. La solución fue rotunda: demolerlo, trasladado a las afueras de la ciudad y sustituir el viejo mercado modernista por un centro comercial arquitectónicamente incompresible. Por fortuna a principios de este año se construyó uno nuevo, sobre el que no puedo opinar porque no lo he visto, pero que no necesita demasiado para superar al espanto anterior. Pues bien, el Mercado de Les Halles tenía los días contados y Doisneau decidió realizar un reportaje sobre este lugar en el que se mezclaban todo tipo de gentes con una especial unidad fraternal. Al ver estas fotografías me veo obligada a mencionar una de mis películas favoritas que os dará una idea de lo que pudo ser en su día este lugar.  No es otra que Irma la Dulce, con un honesto Jack Lemmon y una ingenua Shirley Maclaine de medias verdes en la que Billy Wilder juega con los mismos personajes que Doisneau. Carniceros, policías, floristas, músicos,  camareros de Bistrots y todo lo que queráis.

Carniceros melómanos, 1953.
Carniceros melómanos, 1953.
Les Halles, Carniceros.
Les Halles, Carniceros.
La florista, 1968. Foto: Atelier Robert Doisneau.
La florista, 1968. Foto: Atelier Robert Doisneau.

Gente corriente en una realidad cotidiana dotados de gran dignidad. Cada fotografía es una historia que solo nos deja intuir pero no nos revela nada. Es muy curiosa la serie de La vitrine de Romi (El escaparate de la galería Romi) en la que realizan una especie de experimento tras ver la reacción de los viandantes al poner un cuadro de una mujer desnuda en el escaparate.

La mirada oblicua, 1948. Serie La vitrine de Romi.
La mirada oblicua, 1948. Serie La vitrine de Romi.

Doisneau retrata la sociedad francesa en su quehacer diario, en composiciones en las que vemos a Tintoretto o a Manet, una belleza idealizada que dio a luz una de las fotografías más reproducidas de la historia, El beso del Hôtel de Ville (1950),  ese “beso de película”, aunque no sea lo propio en este caso, un beso con una historia (porque la tiene y larga) en el que todo el mundo quiso ser esa pareja y no solo por el fantástico beso sino por pillar parte del jugosísimo pastel en que se convirtió aquella foto ¡Una de las más reproducidas de la historia! y por el que efectivamente sería demandado por la retratada, aunque ésta nada consiguió. Tan conocida como la foto es la historia de cómo fue tirada, en la que nuestro fotógrafo estaba realizando una Serie sobre besos y pidió a dos jóvenes estudiantes de arte dramático, por entonces pareja, que estaban sentados en una terraza, que se besasen para fotografiarles. Se cuestionó la falta de espontaneidad, pero sinceramente con más o menos posado… El resultado no pudo ser mejor y a la vista está. (Mirar primera fotografía)

Como guinda del pastel tengo que mencionar el magnífico montaje de la exposición, denominado La casa de los inquilinos (1962). Un bloque de viviendas en el que han desaparecido los muros para dejar ver lo que pasa en el interior (sí, sí, como en el 13, rue del Percebe), guiados irremediable e irresistiblemente por nuestro espíritu voyeur, visitaremos cada casa, piso por piso, intentaremos adivinar la personalidad y ocupación de cada habitante dejándonos llevar por la tentación de conocer los secretos de la vida ajena sin ser descubiertos. ¿Bueno o malo? Ninguna de las dos cosas, simplemente, natural.

Fragmento de La casa de los inquilinos (montaje), 1962.
La casa de los inquilinos (montaje), 1962.

¡Feliz  paseo!

Teresa López Flores
Teresa es historiadora del arte y seguidora habitual de todas las ramas de la cultura independiente nacional. Ha trabajado en un sitio tan postinero como el Louvre de París y tiene una sensibilidad particular con el arte contemporáneo. Le hemos pedido que no hable de la aquiescencia kuhniana de los subterfugios freudianos del arte conceptual pictográfico. Por vuestro bien.
Me gusta El verde de los rostros de Kirchner y el de las medias de Irma la Dulce
No me gusta El doblaje de las películas europeas
Pasaría una noche en vela con Linda Nochlin
Una obra de arte en la que viviría En el Siddhartha de Herman Hesse
Bigote preferido el del Capitán Garfio

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