PAULINA, MÁS ALLÁ DE LA OBSESIÓN

    Todos los años me guardo una semana de vacaciones en septiembre para poder ir al Festival de cine de San Sebastián. En el 2013 no fui y se presentaron en la sección oficial grandes títulos como En la casa, Blancanieves (la española) o El artista y la modelo, por lo cual esta vez en 2015 no podía faltar a mi cita anual con Donosti. Viendo la programación de Horizontes Latinos  me llamó la atención la película Paulina, “opus 2” del director Santiago Mitre, que me encandiló con su primera obra El estudiante, ganadora del premio a mejor película en el Festival de Gijón del año 2011, y decidí ir a verla.

  Lo maravilloso del Zinemaldia es que muchas películas son presentadas por parte del equipo técnico y artístico. En este caso en particular nos acompañaron Santiago Mitre y Dolores Fonzi, director y protagonista respectivamente. Antes de empezar a verla nos comentaron que Paulina era una versión moderna del clásico argentino La patota, dirigida por Daniel Tinayre y protagonizada por su mujer Mirtha Legrand. Nos aclararon que en esta versión el discurso narrativo de la película se basaba más en la ideología que en la moral y que a Paulina no había que entenderla, no había que juzgar las decisiones que toma sino simplemente dejarse llevar, que lo demás lo podíamos discutir en un bar tomándonos un café.

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  Tras esta extensa introducción me meteré de lleno en el análisis de la película y el tema que hemos elegido para este mes, la obsesión. El film trata sobre una joven abogada (Dolores Fonzi) que se traslada al interior de la República Argentina para realizar tareas sociales en un barrio marginal de una ciudad. Pese a la resistencia de su padre (Oscar Martínez), un juez liberal de gran trayectoria que desea que continúe sus pasos y no se dedique a los desfavorecidos, ella decide seguir con su propio camino. Este hecho, que al principio puede parecer como una forma de rebeldía en la relación padre-hija, en realidad es la contradicción ideológica entre dos personas que ven el mundo con distintos ojos. Ella no se va por capricho, sino por defender un ideal que considera justo, darle a los desplazados del sistema una oportunidad para poder integrarse a él. Al cabo de unas semanas, al volver a su casa de noche por una carretera oscura, es interceptada por una patota (pandilla en el habla lunfarda) que termina violándola. Paulina, a pesar del problema psicológico que le produce este hecho, empieza a buscar al culpable no con ánimo de venganza sino para poder comprender los motivos que lo llevaron a cometer este acto. La protagonista se obsesiona con su labor social, con entender la violencia del entorno y analizar las motivaciones que impulsan a que una persona termine haciendo lo que le ocurrió a ella. Decide seguir adelante aunque su padre, su amiga del trabajo y su novio (Esteban Lamothe, que también trabajó en la primera película de Mitre), se opongan. Hago un inciso para hablar de Dolores Fonzi que merece una mención especial. La Patota pasó a llamarse Paulina gracias a su magistral interpretación. Es ella quien le imprime la fuerza y la contención necesaria para que su personaje sea creíble. Sería difícil imaginar a una Paulina que no fuese ella.

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Dolores Fonzi y Santiago Mitre, actriz y director de Paulina

   Era cierto lo que nos había avisado Dolores en la presentación de la película. No hay que juzgar lo que su personaje hace. Pero lo interesante de este relato, es que, en mi caso, sí pude comprender algunas cosas que se le pasaban por la cabeza. A lo largo de los 103 minutos de metraje, su personaje se va a mover dentro de una coherencia interna donde sus decisiones jamás van a chocar con sus ideales. La mirada del director Santiago Mitre no nos da una lección moral sobre lo qué es y lo que no es correcto. Simplemente nos muestra la cruda realidad, lo que le pasa a la gente. La película en realidad no trata solamente sobre la violación que sufre Paulina. También habla sobre las diferencias sociales, sobre la distinta visión que se puede tener sobre un tema dependiendo del estrato social al que pertenezcas, sobre las dos justicias, la de los pobres y la de los ricos, sobre los problemas éticos de las decisiones que uno toma, sobre la venganza, sobre conocer la verdad y sobre el perdón. Es aquí donde veo que el objetivo de Paulina es el de llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase. Y eso no es una obsesión,  es madurez y compromiso.

   Y me doy cuenta que el obsesionado soy yo. Obsesionado porque el espectador vea esta película y decida qué camino hubiese elegido, obsesionado porque se hagan más películas de este tipo que no dejen indiferente a nadie, obsesionado porque los políticos digan cosas y obren en consecuencia como Paulina, obsesionado porque la gente vea el último plano, que en palabras de Osvaldo Soriano, se podría definir como triste (para el que lo ve), solitario (para la protagonista) y final.

Lucas Cavallo
Este porteño de raíces hispano-argentinas ha viajado a todas partes, ha visto todas las películas y guarda en su archivo cerebral la mayor cantidad jamás conocida de actores, actrices directores y películas. Sus pasiones abarcan desde los Beatles a los bares de Madrid, pasando por la pintura de Hopper.
Ha prometido hacer un enorme esfuerzo por no psicoanalizar ni ligar con nadie.
Me gusta Roberto Bolaño, Woody Allen y la tortilla (tortisha dijo)
No me gusta Las pipas, cómo juega la selección argentina y el PP
Pasaría una noche en vela con Felipe VI, se le daba bien en las olimpiadas
Una obra de arte en la que viviría en Psicosis
Bigote preferido El del pibe Valderrama, y el bigote con calva del Tato Abadía

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