MUCHO MÁS QUE JUGUETES

Si hay un elemento estrechamente ligado a la infancia ese es el juguete. El ser humano, como muchos mamíferos, en sus primeros años de vida convierte el juego casi en una necesidad fisiológica más, junto con comer y dormir, lo que hace que, a más de uno, le cueste dejar atrás esta rutina. Si buscamos en los archivos que nuestra memoria almacena en recambios de hojas de cuadros del 45, recordaremos que existían dos tipos de juegos que alcanzaron el mismo éxito: aquellos centrados en el juego en sí, como puede ser el escondite, el pilla-pilla o la gallinita ciega, eterna y universalmente divertidos y para lo que lo único que se necesitaba para jugar era media docena de amigos; y los juegos que, para su desarrollo, hacen uso del juguete, el cual adquiere un valor como objeto de estudio que va mucho más allá del meramente lúdico y en los cuales nos centraremos a lo largo de estas líneas.

Hoy en día, bueno y desde hace ya unas cuantas décadas, la variedad de juguetes es tal que los niños lo único que pueden hacer al recibir el catálogo navideño de la juguetería en su buzón es abrumarse, o quizá se abrumen más los padres, ya que los niños están creciendo inmersos en el bombardeo masivo de artículos de consumo que en muchas ocasiones ya saben perfectamente lo que quieren. Sin embargo, esto no siempre fue así, y hay dos acontecimientos que marcarían un antes y un después en el juguete: la industrialización y posteriormente, la aparición del plástico.

Los estudios de antropología establecen una clara diferenciación entre el juguete de la sociedad pre-industrial y el juguete de fabricación industrial. En el primer caso, el juego predomina sobre el juguete, suelen ser fabricados por los propios niños o sus progenitores utilizando materiales como la madera tallada, huesos, alambres, cartones o piedras, solían preparar a los pequeños para las actividades a desempeñar en su vida futura[1] relacionadas con las actividades económicas de su región, como es el caso del “Juego de vacas”, procedente de los valles cantábricos en el que los niños entre  cinco y trece años imitaban las actividades pecuarias de los adultos, en el que actuaban como propietarios de ganado de forma cooperativista o jerárquica. También realizaban yugos, carros, arados, establos o útiles agrícolas. El equivalente lo encontramos igual para las niñas con muñecas de trapo y menaje doméstico. Podemos ver como el juguete, desde antaño, ha establecido una división de género – que aún hoy se mantiene, aunque cada vez se intenta más que vaya desapareciendo- y que por lo tanto establece la separación de los roles sociales, por lo tanto, lo realmente interesante de estas piezas no es su valor físico, que es bastante escaso, sino su valor inmaterial, ya que son testimonio de formas de vida y actividades en muchos casos ya desaparecidas.

Toro, Juego de vacas. Fotografía: Museo del Traje. CIPE.
Toro, Juego de vacas. Fotografía: Museo del Traje. CIPE.

Al finales del siglo XIX aparecerán en España los primeros juguetes industriales, fabricados en Cataluña y Valencia.  Este tipo de juguetes es fruto de una sociedad con una economía de mercado, convirtiéndose en un bien de consumo inmediato y desechable, basados en una miniaturización del  mundo adulto. Un espejo que imita y copia creando un mundo diminuto con unas inocentes ansias de crecer. Juguetes de cartón, automóviles, veleros, muñecas, trenes, payasos, tragabolas, zootropos, etc., sufrirán los cambios de la sociedad de forma paralela.

Motocicleta, Hermanos Payá, Ibi, 1936. Fotografía: Museo del Traje.CIPE
Motocicleta, Hermanos Payá, Ibi, 1936. Fotografía: Museo del Traje.CIPE

Pero si por algo despunta la industria juguetera española fue por los juguetes de hojalata del primer tercio del siglo XX, con capital en la ciudad alicantina de Ibi, bajo las firmas de Payá, Verdú o Rico. Estos juguetes realizados mediante la técnica de engrapado (pequeñas pestañas) y pintados a mano o con litografía, registraban todas las novedades de la industria automovilística, además de barcos, aviones y algunos de ellos con mecanismos accionados por cuerdas, que fueron la delicia de los hijos de las familias pudientes. Igualmente pasaba con las muñecas realizadas en cartón piedra, cuyo modelo sería establecido ya en los 40 por la muñeca Mariquita Pérez que aún hoy podemos adquirir en las jugueterías, aunque con una intención más coleccionista que lúdica. A través de la Mariquita Pérez se puede seguir la moda de la década, siempre “a la última” con infinitos complementos. Esta muñeca de creación española tuvo muchas imitadoras como la muñeca Pichuca, Marisol, Gisela, etc., aunque ella restaba siempre exclusiva y elitista.

Mariquita Pérez vestida de comunión, 1959-1963. Fotografía: Museo del Traje. CIPE. Etnográficamente irresistible y bigotudamente obscena
Mariquita Pérez vestida de comunión, 1959-1963. Fotografía: Museo del Traje. CIPE. Etnográficamente irresistible y bigotudamente obscena!!!

Esta situación generó una convivencia entre el juguete tradicional popular, asequible a la mayoría de las clases sociales y el industrial, algo más limitado. La democratización del juguete industrial se daría a partir de los 50 con la aparición del plástico, primero duro y después blando, el polietileno que daba un acabado mucho más realista y flexible. En lo 60 el juguete se convierte definitivamente en un bien de consumo accesible a la mayoría de la población. Desde entonces hasta hoy conocemos la historia, la variedad de muñecas como Nancy, Barby, Brazt; muñecos Playmovil, Lego; superhéroes; coches, scalextrics; animales, juguetes de oficios, menaje doméstico… es inmenso.

Muñeca Barbie vestida con diseño de Pedro del Hierro, 2004. Fotografía: Museo de Traje CIPE.
Muñeca Barbie vestida con diseño de Pedro del Hierro, 2004. Fotografía: Museo de Traje CIPE.

A todo ello hay que sumarle el mundo de los videojuegos, un universo a parte, que va mucho más allá de la idea de juego y juguete, pero fuertemente conectado con las actividades lúdicas de los niños. En las videoconsolas, tablets, móviles y ordenadores se reproducen de manera sorprendentemente realista carreras de coches, cuidado de mascotas, misiones de estrategia o construcción de ciudades en mundos virtuales, ubicando la ficción digital en un contexto real y tangible que crean mezclas tan explosivas como Pokemon Go, que arrasa entre niños, jóvenes y adultos.

Escenas del videojuego Pokemon Go, 2016. Fotografía: www.eluniversal.com
Escenas del videojuego Pokemon Go, 2016. Fotografía: www.eluniversal.com

Es evidente que la evolución de los juegos infantiles es el reflejo del avance de la sociedad y de la economía, en el que los acontecimientos históricos quedan reflejados al igual que lo hacen en las bellas artes, en la arquitectura o en la moda. Por ello, estos juguetes se conservan como bienes patrimoniales que constituyen un importante legado etnográfico. En Madrid, el Museo de Traje Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico posee una importante colección de juguetes de diferentes épocas y actualmente presenta la exposición temporal Los juguetes hablan alemán realizando un lúdico recorrido por la evolución del juguete industrial.

Lo cierto es que los juguetes son testimonio de una de las etapas más singulares del ser humano, la infancia. Cargados siempre de fantasía, colores y con uno de los fines más fantásticos para lo que se puede fabricar cualquier cosa: la diversión.

[1] García-Hoz Rosales, C. ¿A qué jugábamos? El juguete industrial en las colecciones del Museo Nacional de Antropología. Anales del Museo Nacional de Antropología, nº III, 1996. Ministerio de Educación y Cultura, p.86.

Teresa López Flores
Teresa es historiadora del arte y seguidora habitual de todas las ramas de la cultura independiente nacional. Ha trabajado en un sitio tan postinero como el Louvre de París y tiene una sensibilidad particular con el arte contemporáneo. Le hemos pedido que no hable de la aquiescencia kuhniana de los subterfugios freudianos del arte conceptual pictográfico. Por vuestro bien.
Me gusta El verde de los rostros de Kirchner y el de las medias de Irma la Dulce
No me gusta El doblaje de las películas europeas
Pasaría una noche en vela con Linda Nochlin
Una obra de arte en la que viviría En el Siddhartha de Herman Hesse
Bigote preferido el del Capitán Garfio

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