MI PRIMERA VEZ… EN EL FÚTBOL

relato fútbol

     Recuerdo la primera vez que vi un partido de fútbol, en cancha de Ferro o de Atlanta porque en esa época, Argentinos, el equipo del que eran hinchas mi padre y mi hermano y yo simpatizante,  no tenía estadio y tenía que jugar de prestado en casa de algún equipo rival del vecindario. Ya antes había ido a ver algún partido con mi padre y su amigo de la colectividad judía, que por convicción se negaba a pagar un centavo para ver jugar a esos muertos, y lo teníamos que hacer, turnándonos, a través de un agujero pequeñito en uno de los laterales del estadio. Pero no era lo mismo, yo quería sentir el ambiente, ver a los jugadores de cerca, celebrar los goles con ellos o insultarlos cuando fallaban una ocasión muy clara.

   Carlos Goyén; Luis Malvárez, Héctor Cejas, Osvaldo Rodríguez y Carlos Mac Allister; Fernando Cáceres, Fernando Redondo y Ramiro Castillo; Silvio Rudman; Mauro Airez y Antonio Vidal González fue la alineación que convenció a mi padre para pagar su entrada a la cancha y hacerme pasar a mí por menor de 8 años (tenía 12) para no abonar nada. Nadie atajaba tan bien como Carlos Goyén, nadie tenía tanta calidad como Fernando Redondo y nadie era tan negro como Ramiro Castillo. Al entrar descubrí que mi imagen de los estadios repletos de hinchas con banderas y fuegos artificiales era producto de la ciencia ficción. Encontré cuatro borrachos, un banderín, familiares de los jugadores y algún que otro despistado que vaya a saber de quién se estaban escondiendo para terminar allí.

   Como queríamos pasarlo lo mejor posible mi padre decidió que lo mejor era sobrevivir a las inclemencias del tiempo (estaba nublado a punto de llover), y al propio estadio, que al ser de tablón, suponía que cuando más de cinco personas en la misma fila saltaban a la vez podían provocar el derrumbamiento de toda una tribuna y que, probablemente, suspendiesen el partido, con la consecuente indignación de la hinchada contraria que ya daba por ganado el partido antes de empezarlo.

    Optamos por lo más inteligente, que fue ponernos al lado del alambrado. Esto lo tengo que explicar un poco mejor, ya que la figura del alambrado creo que aquí en España no existe. La gente en el cono sur es más pasional, por decirlo de un modo bonito. De no existir una separación formal, una barrera, hincha y jugador terminarían siendo uno solo, imposibilitando el normal desarrollo del encuentro. El único problema que podía llevar aparejado el encontrarnos cerca del alambrado hubiese sido el de morir aplastado por las avalanchas que se provocan en la hinchada del equipo que hace el gol. Argentinos, gracias a Dios, llevaba 700 minutos sin marcar ninguno y la lógica nos indicaba que hoy no iba a ser diferente. Otro de los motivos por los cuales mi padre tomó esa decisión fue el estar cerca de la portería donde se verían en primera fila todos los goles, es decir, la de nuestro equipo.

     No se equivocó, al minuto íbamos perdiendo 1-0 con gol de Zamora a pase del “Tata” Martino y podrían haber sido muchos más si no hubiese sido por la mala tarde que estaba teniendo el jugador de Ñuls. Por lo que observé tampoco era la tarde, ni el día, ni la semana de un hincha de Argentinos que decidió descargar todos sus problemas actuales y traumas infantiles sobre el arquero Goyén que, en un momento de claro enfado, decidió que era mejor dejar de atender el partido y responder con un categórico “la concha de tu madre, te espero a la salida”. El hincha, aun eufórico, contestó “¿Por qué no lo hacés ahora, cagón?”. Al ver que Goyén estaba subiendo por el alambrado, mi padre, como abanderado de la no violencia, decidió poner fin a la pelea: “Goyén, volvé al arco, ¿no ves qué nos van a cagar a goles?”. Al término del primer tiempo seguíamos perdiendo 1-0 y jugando muy mal. Mi padre puso como excusa  para volver a casa que estaba lloviendo a cántaros, que no habíamos traído paraguas y que iba a llegar a casa empapado y mi madre lo iba a matar. Al llegar a casa, vimos televisado el final del partido. Argentinos ganó 4-1 con todos los goles del lado del alambrado donde estábamos ubicados nosotros.

¿A qué venía todo esto? Ah, sí, algún jugador tenía bigote, y ese fue el comienzo de mi relación con el fútbol.

Lucas Cavallo
Este porteño de raíces hispano-argentinas ha viajado a todas partes, ha visto todas las películas y guarda en su archivo cerebral la mayor cantidad jamás conocida de actores, actrices directores y películas. Sus pasiones abarcan desde los Beatles a los bares de Madrid, pasando por la pintura de Hopper.
Ha prometido hacer un enorme esfuerzo por no psicoanalizar ni ligar con nadie.
Me gusta Roberto Bolaño, Woody Allen y la tortilla (tortisha dijo)
No me gusta Las pipas, cómo juega la selección argentina y el PP
Pasaría una noche en vela con Felipe VI, se le daba bien en las olimpiadas
Una obra de arte en la que viviría en Psicosis
Bigote preferido El del pibe Valderrama, y el bigote con calva del Tato Abadía

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