LENGUAJES CALLEJEROS

     El mundo posmoderno se caracteriza por el envío masivo de mensajes hacia una sociedad -la nuestra- en la que somos real y virtualmente bombardeados por imágenes, símbolos y todo tipo de códigos, en su mayoría descifrables de manera sencilla para no tener que discurrir demasiado. Códigos que en muy pocas ocasiones contienen un mensaje inocente que no intente sacar beneficio de nuestros pobres bolsillos. Pero no todo es malo, afortunadamente existen mensajes que pretenden que pensemos, reflexionemos o simplemente nos deleitemos. Llegan a nosotros a través de pantallas principalmente, ya sea la de la tele, la del ordenador y, por supuesto, la del móvil.

Pero quizá tengamos que levantar la mirada y observar mejor qué rodea nuestro entorno cotidiano más allá de las ventanas de plasma. Por suerte, Europa aún no nos ha robado el gusto que los pueblos de sangre mediterránea sentimos por la calle, no sé si será el sol… o el cañeo, lo cierto es que nuestra cultura difícilmente se encierra entre cuatro paredes y un techo. Y precisamente son sus paredes, las de la calle, así como todo su mobiliario, los que cobran una especial importancia en el tema que nos atañe: los lenguajes callejeros. Centrándonos en las artes plásticas, es lo que se ha venido llamando Arte Urbano, término que engloba diferentes tipos de expresiones artísticas, entre las que destaca por su popularidad, no poco conflictiva, el Graffiti.

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Barrio de Vallecas, Madrid.


No se trata para nada de una idea del siglo XX, sino que ya en el Imperio Romano era habitual escribir el nombre propio sobre los muros, cuyo origen se puede rastrear en su etimología. Eso sí, la técnica ha cambiado. Existen diferentes géneros de graffiti, pero lo que más frecuentemente nos encontraremos será el tagging, que consiste en “echar una firmita” a golpe de rotulador o spray. Un trazo rápido, ágil y seguro impuesto por la necesidad de salir pitando, ya que se trata de una práctica ilegal, siempre que no se realice en un lugar habilitado para ello, y existe un alto riesgo de ser multado. Este “pequeño” detalle explica algunas de sus características, como que los escritores de graffitis, como se denominan en algunos círculos, utilizan un apodo para no desvelar su verdadera identidad. El tag o firma, puede ser muy sencilla, de un color solo, o ir complicándose con más colores, grosores de letra y estilo gráfico que denotarán la calidad del artista. Textos abstractos, con un alto atractivo visual y con un objetivo: impactar al espectador.

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Barrio de Vallecas, Madrid.

    La delgada línea que separa en este caso la creación artística del acto vandálico -aunque no son los únicos- ha hecho que el graffiti haya sido, y en muchas circunstancias sigue siendo, relacionado con barrios inseguros y marginados, por su contradicción a esa idea ilustrada de la imagen higiénica asociada a lo correcto y al civismo. Y que movimientos como el racionalismo continuaron, aumentando el valor de la pared inmaculada. Así los escritores de graffitis se enfrentan a “lo correcto”, en lo que se puede denominar una acción positiva en un acto rebelde de libertad de expresión.

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Puertas del barrio de Malasaña, Madrid. 2016

Para el paseante curioso solo tiene que recorrer, a lo flâneur parisimo, ciertos barrios de la capital madrileña como Malasaña. Las pintadas no dan tregua. Pocos portales conservan su puerta intacta, la cantidad es tal que se ha convertido en una de las señas de identidad del barrio. Y es que los graffitis, como toda manifestación cultural, es el reflejo de una manera de pensar, una ideología, por regla general, joven que utilizan las paredes callejeras como medio de comunicación con el resto de la sociedad, ya sea con un fin de crítica social, política o marca identitaria. Su gran proliferación en estos barrios, también Vallecas o Lavapiés, ha hecho que los comerciantes integren el estilo graffitero en sus locales. Así, no veremos un solo cierre de persiana sin pintar, de mayor o menor calidad y más o menos condicionados por sus comitentes, especialmente cuando de cadenas comerciales se trata.

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Persiana de local comercial. Malasaña, Madrid. 2016

Las instituciones públicas también han tomado parte en el asunto e intentan revalorizar (y controlar) esta práctica ofreciendo espacios y realizando programas como Madrid Street Art Project, donde se enmarca el proyecto Línea 0, realizando graffitis en algunas paradas de metro. Los afortunados que pasaron por la estación de Moncloa durante 2015 pudieron contemplar la titánica labor llevada a cabo por la extinta Banda del Rotu cuyos personajes invadieron toda la estación y desgraciadamente se despidieron en 2016 dejando los andenes bastante desolados. No menos laboriosa fue la obra de Okuda y Rosh333 en la estación Paco de Lucía, con un espectacular mural sobre el artista. Los murales son precisamente una de las modalidades más impresionantes de los graffitis que en ciudades como Valencia podemos encontrar sin mucha dificultad callejeando por el barrio de El Carmen. Festivales como el Mulafest o centros como Tabacalera o Matadero prestan sus muros para la expresión de estos artistas.

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El Carmen, Valencia.

De todos modos, la pintura siempre buscará el mejor lugar para ser vista, el buen posicionamiento que todo creador pretende alcanzar, pero no lo veremos si no aprendemos a mirar, examinar, y reflexionar sobre los valores que suscitan y lo que hay detrás de ese graffiti que es fruto de un espacio y un tiempo determinado, de un contexto, que es, precisamente, en el que vivimos.

Teresa López Flores
Teresa es historiadora del arte y seguidora habitual de todas las ramas de la cultura independiente nacional. Ha trabajado en un sitio tan postinero como el Louvre de París y tiene una sensibilidad particular con el arte contemporáneo. Le hemos pedido que no hable de la aquiescencia kuhniana de los subterfugios freudianos del arte conceptual pictográfico. Por vuestro bien.
Me gusta El verde de los rostros de Kirchner y el de las medias de Irma la Dulce
No me gusta El doblaje de las películas europeas
Pasaría una noche en vela con Linda Nochlin
Una obra de arte en la que viviría En el Siddhartha de Herman Hesse
Bigote preferido el del Capitán Garfio

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